Terminaste de escribir tu maravilloso libro o cuento y estás
listo para revisarlo creyendo ilusamente que no queda nada que arreglar…
Y te topas con ese capítulo de mierda que no tiene pies ni
cabeza, pero que mientras escribías parecía que era el mejor de todos, pero
resultó ser un refrito de un capitulo de Mc Iver o de Los Magníficos… así de
malo salió….
Y hay que arreglarlo. No vale de nada sacarlo, borrarlo, olvidar
que era parte de la historia porque ahí pasan cosas que definen el final de la
misma…
Pero es malísimo…
Cuando un capitulo es malo, eliminarlo es lo mejor, pero
cuando es malo y mas encima define cosas dentro de la trama, la cosa se
complica…
Esos capítulos “cacho” son como las uñas largas de los pies…
te acostumbras tanto a ellas que cuando te das cuenta que estorban te da
melancolía eliminarla…
Es entonces que el escritor se convierte en editor y en el
Jason Voorhees de las letras. Hay que eliminar lo que no sirve…. Porque de
modificarlo….
Hay, pero es que da penita eliminar ese capítulo…
¿Qué hacer si el capítulo que salió malo define también el
final de la historia – o de algún personaje - de la misma?
Cuando cortarlo – o eliminarlo- no es opción….
Lo que he hecho ante esa encrucijada –eliminarlo no sirve,
modificarlo es un problema – es dejarlo de lado y seguir derecho con lo demás.
Entre café y café, pipazo y pipazo, y otras cosas, lo tomo el capitulo, lo
rayo, lo vuelvo a escribir – sin modificar la medula – y lo escribo en, a lo
menos, 3 maneras distintas: 1ra persona, 3ra persona, y como crónica de diario
amarillista. Todo eso es un puro ejercicio. El ángulo correcto va saliendo poco
a poco, como estar haciendo una espada, con firme trabajo de fragüe, golpe de
martillo y enfriamiento violento, a pulso, sin parar, el mal capitulo termina
siendo lo que de un comienzo debió ser: EL MEJOR del libro.
O al menos el más entretenido.
Porque, seamos serios, si tienes al menos un poco de
vocación, amor y pasión por lo que haces, con dejarlo como está no basta. Por
lo general, en este punto uno es bastante perfeccionista, llega a ser molesto
lo auto critico que se vuelve uno con los años. Al comienzo le tienes tanto
cariño a tus personajes que te da cosita hacerlos sufrir. Pero una vez que
empiezas, te conviertes en un desgraciado, un asesino en serie, un sicópata sin
corazón, un Zeus que juega con sus hijos por puro morbo de verlos sufrir. Un
ejemplo de este tipo de creador es el bueno de G.R.R. Martin, quien nos hace
encariñarnos hasta con el más desgraciado de sus personajes para luego hacerles
de todo sin remordimiento. Aunque ejemplos puede haber más y mejores: H.P.
Lovecraft, Stephen King…. Por nombrar a los mejores….
Yo, por lo general, les doy con todo a los secundarios y veo
como sufre el principal con los daños colaterales. En una ocasión, sin saber
cómo avanzar en una trama, quemé vivo a uno de los principales… solo para
seguir manteniéndolo vivo pero en estado crítico por varios capítulos, como el
fuego que alimenta la trama… ¿funcionó?
Sí, y la trama se fue por un lugar que nunca había imaginado. Para qué decir
del final…
Demasiado cariño por los personajes convierte la trama en un
jardín de niños donde no pasa nada más allá de tirarse tierra en las caras y
llorar por un dulce. Yo prefiero el fuego y el desespero frente la tormenta imparable
a ese griterío banal de los justos. Nada mejor que esos momentos donde la
fragilidad humana y el hambre por justicia no sirven de nada. Como la vida
misma…
De eso se trata escribir buenas historias.